Sergio tiene 38 años, es montador de estructuras metálicas y lleva siete meses en una nave a las afueras de Gante. El viernes, a las cinco menos cuarto, el encargado le dijo que pasara al despacho. Dentro había dos personas: el jefe de planta, al que ve todos los días, y una mujer de recursos humanos a la que no había visto nunca. Sobre la mesa, un folio impreso en neerlandés con su nombre arriba.
Su neerlandés da para «buenos días» y para pedir bridas. El inglés del jefe y el suyo se entienden a medias cuando hablan de tornillos; no cuando hablan de un expediente. Y una cosa es traducir un papel con calma, y otra muy distinta seguir una conversación en la que dos personas hablan, se pisan y dicen cosas parecidas que no significan lo mismo.
Pidió dos minutos. Puso el móvil boca arriba sobre la mesa, abrió Elffuss Translator y explicó lo que era: un traductor que funciona dentro del propio teléfono, que no manda el audio a ningún servidor y que pueden comprobarlo, porque sigue funcionando en modo avión. Nadie puso pegas. Es más fácil que te digan que sí cuando la frase es verdad y se demuestra ahí mismo.
Dos voces, dos etiquetas
Translator transcribe y traduce según se habla, y además separa quién dice cada cosa. En la pantalla fueron apareciendo dos hilos de frases, «Voz 1» y «Voz 2», que él renombró mentalmente: jefe y RR. HH. Ese detalle, que parece una tontería, era lo importante. El jefe hablaba de los tres partes de seguridad del último mes y subía el tono. La mujer de recursos humanos estaba en otra cosa:
No es un despido. Es una advertencia escrita. Al firmar reconoces que la has recibido, no que estés de acuerdo con ella.
Sergio firmó. Y respondió a la persona a la que había que responder, no a la que hablaba más alto.
Lo que encontró luego, en la cocina
Lo de verdad pasó tres horas después, en su casa, releyendo la conversación con calma y en su idioma, con cada frase pegada a quien la había dicho. Ahí apareció una línea que en el despacho se le había ido por encima: tenía diez días hábiles para presentar alegaciones por escrito. Lo había dicho la de recursos humanos, casi de pasada, mientras el jefe seguía con lo suyo. El lunes las presentó.
Y ahora la parte incómoda. Ese archivo lleva dentro su nombre, el de su jefe, el motivo de la advertencia y su categoría. Es exactamente el tipo de conversación que no se sube al servidor de nadie: ni al de una empresa de traducción que vete a saber dónde guarda las cosas, ni —por accidente— a algún sitio al que pueda llegar la suya. Con Translator no hay nada que subir: el modelo se descarga una vez al navegador y a partir de ahí todo ocurre dentro del dispositivo. El audio no sale. La transcripción tampoco. Se queda donde Sergio la deje y desaparece cuando él la borre.
No hace falta una reunión disciplinaria para que eso importe. Pero ayuda a verlo.
Abre Elffuss Translator antes de la próxima conversación que no puedas permitirte entender a medias: corre en tu navegador, sobre tu propio dispositivo, y ni el audio ni lo que se diga salen de ahí.
Abrir Translator →