Elffuss Elffuss TranslatorConversación del día
Conversación del día · 1 de octubre de 2026

La intérprete de la familia tenía quince años, y esa tarde tenía que salir de la sala

Amira tenía que ordenar su relato completo antes de la entrevista de asilo. Su hija llevaba un año traduciéndole todo, y justo eso era el problema.

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Nuria lleva dos años como voluntaria en una asociación de Zaragoza que acompaña solicitudes de protección internacional. Su tarea de ese miércoles era fácil de describir y difícil de hacer: sentarse con Amira, 34 años, y ordenar su relato antes de la entrevista. Fechas, orden de los hechos, quién estaba delante. En una solicitud de asilo lo que sostiene un caso no es el adjetivo, es la secuencia.

Amira habla árabe. Nuria no. Y durante un año entero, la que había traducido las citas del médico, las cartas del colegio y la cola de la comisaría había sido Lina, su hija de quince años.

Esa tarde no podía ser Lina. No por el idioma —lo maneja mejor que muchos adultos— sino porque el relato de su madre incluía cosas que su madre no quería que ella oyera. Hay una diferencia entre pedirle a una hija que traduzca un justificante y pedirle que traduzca por qué su familia salió de casa de noche. Nuria lo sabía. Amira también. Lina se fue a la sala de espera con un refresco y la puerta se cerró.

Lo que pasó en la hora siguiente

Nuria abrió Elffuss Translator en el portátil de la asociación, lo dejó en medio de la mesa y empezó a preguntar. Amira contestaba en árabe, a su ritmo, con las pausas que hacen falta. En pantalla iban apareciendo las dos voces separadas: lo que preguntaba Nuria y lo que respondía Amira, cada una con su etiqueta, en castellano y en árabe.

Esa separación no es un adorno. A la media hora, Nuria pudo volver atrás y vio que una fecha se había dicho de dos maneras. Preguntó otra vez. Amira se corrigió: la primera vez había dado el día en que salieron del pueblo, la segunda el día en que cruzaron la frontera. Dos semanas de diferencia. En la entrevista de verdad, esa incoherencia sin explicar habría trabajado contra ella.

Y hubo algo más. Amira habló de personas que siguen allí. Dijo nombres. Dijo el nombre de un pueblo.

Hay conversaciones que no se pueden subir a ningún sitio. No por una política de privacidad: porque dentro hay gente.

Ahí deja de ser una cuestión técnica. Ese audio no pasó por ningún servidor porque no había servidor: el modelo corre dentro del navegador, sobre la gráfica del propio portátil. No hubo cuenta, ni subida, ni guardamos tu audio para mejorar el servicio. La asociación no tuvo que firmar un anexo con ningún proveedor, porque no había proveedor. Y cuando el wifi del local se cayó a mitad de sesión —se cae a menudo—, la conversación siguió igual.

Al terminar, Nuria se quedó con el texto ordenado y borró el resto. Lina entró, vio a su madre tranquila y no preguntó nada. Eso también era parte del trabajo.

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