Noelia llegó a Leipzig un martes con dos maletas y un contrato que empezaba el lunes siguiente. Tenía tres visitas de piso en dos días, y la de las cinco y veinte era la que encajaba: dos habitaciones, el tranvía en la puerta, dentro de lo que podía pagar. Subió, abrió la puerta del salón vacío y dentro había once personas más. En Alemania las visitas son así: una cola en el rellano y veinte minutos para todo el mundo.
Y hablaban tres a la vez. La gestora de la inmobiliaria, con la carpeta de solicitudes en el brazo. El inquilino que se iba, que estaba allí bajando cajas. Y otra candidata que preguntaba cosas en alemán muy rápido, sin dirigirse a nadie en concreto. De la visita del día anterior Noelia había salido con un texto corrido en el móvil —«todo incluido», «mil cien», «hay que pagarlo antes de las llaves»— y sin la menor idea de quién había dicho cada cosa. Esta vez llevaba Elffuss Translator abierto en el navegador, y la pantalla le iba separando las voces.
La frase que importaba era la respuesta a la pregunta de otra
Voz 2: La cocina es mía. Me la llevo. Si la quieres, te la dejo por mil cien.
Voz 1: La vivienda se entrega vacía, eso figura en el anuncio.
Voz 2 era el inquilino, contestándole a la otra candidata. Voz 1, la gestora. En Alemania es normal que la cocina sea del inquilino y se la lleve al mudarse; lo que no es normal es enterarte en el rellano con el bolígrafo ya en la mano.
Además había dos «mil cien» distintos en la misma habitación. Uno era el traspaso de la cocina. El otro, la fianza: tres mensualidades de alquiler sin gastos, que no es la cifra que sale en el anuncio. Y el «todo incluido» de la gestora se refería a la comunidad y al agua, no a la calefacción ni a los muebles. Con las voces separadas, Noelia bajó las escaleras sabiendo tres cosas:
- Que la cocina la negociaba con el inquilino, no con la inmobiliaria.
- Que entre fianza y cocina necesitaba tener disponible bastante más de lo que había calculado.
- Que la calefacción no iba incluida, y en Leipzig eso se nota en enero.
Hay otra cosa de aquella tarde que no aparece en la transcripción. En ese salón, delante de todos, la gente contaba lo que hace falta contar para que te den un piso: cuánto cobra, en qué trabaja, si tiene hijos, si acaba de separarse, el teléfono dictado en voz alta. Noelia también: su contrato, su sueldo, su situación. Mandar ese audio al servidor de alguien para que lo traduzca es sacar de la habitación la voz de once desconocidos que no habían dado permiso para nada.
No hizo falta. Translator traduce y separa quién habla dentro del propio navegador, en su móvil: el audio no sale del dispositivo, no hay cuenta que crear ni cuota que gastar, y en un rellano sin cobertura siguió funcionando igual.
Si esta semana tienes que entenderte con alguien en otro idioma —y además saber quién ha dicho qué—, abre Elffuss Translator: funciona dentro del navegador, sobre tu propio dispositivo, y el audio no se sube a ningún sitio.
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