Eran casi las once cuando Lucía y Álvaro llegaron a la casa de huéspedes, a las afueras de Bran. Venían con Inés, de nueve meses, dormida en la mochila portabebés, y con el coche lleno de barro del último tramo de pista. Les recibieron la dueña, la señora Ileana, y su hijo Radu. Hacía frío de verdad, de ese que en octubre en los Cárpatos ya se mete en los huesos.
La habitación tenía una estufa de leña de azulejo, preciosa, de las antiguas. Y aquí empezó el lío: madre e hijo se pusieron a explicarla a la vez, en rumano, quitándose la palabra el uno al otro, con un cariño evidente y con muy poca paciencia mutua.
Dos instrucciones que no podían ser ciertas a la vez
Lucía había abierto Elffuss Translator en el móvil al entrar, casi por costumbre. La transcripción iba saliendo en castellano, separada por voces. Y en medio de la explicación aparecieron dos frases casi seguidas:
Voz 1: «Por la noche, cierre la rejilla de arriba para que no se escape el calor, que la niña es pequeña».
Voz 2: «La rejilla no se cierra nunca mientras quede brasa. Nunca».
Sin la separación de voces, eso habría sido una sola instrucción contradictoria, y probablemente habrían hecho caso a la primera, que era la que sonaba a abuela que se preocupa por el bebé. Pero la pantalla dejaba claro que eran dos personas. Álvaro señaló a Radu y preguntó, con el traductor en la mano, quién encendía la estufa en esa casa. «Yo», dijo él. «Mi madre es de cuando no había detectores».
La rejilla cerrada con brasa dentro es exactamente como se acumula monóxido de carbono en una habitación pequeña. Con un bebé durmiendo a un metro. Radu, ya más tranquilo, les enseñó dónde estaba el detector y les dijo que si pitaba abrieran la ventana antes de preguntar.
Por qué esa conversación no tenía que salir de la habitación
Lo que Lucía estaba grabando no era una reunión de trabajo. Era a una señora mayor y a su hijo discutiendo en su propia casa, de noche, con sus manías y sus roces familiares. Ileana se dio cuenta del móvil y preguntó, algo seca, adónde iba eso.
La respuesta fácil era la verdad: a ningún sitio. El modelo que traduce y separa las voces corre dentro del navegador, en el propio teléfono. El audio no se sube a ningún servidor, no hay cuenta asociada, nadie más lo escucha. Además, la cobertura en esa casa iba y venía, así que tampoco habría servido de mucho depender de la red. Ileana se encogió de hombros y siguió hablando. Lucía cree que, si la respuesta hubiera sido «a una nube», la conversación se habría acabado ahí.
Esa noche la rejilla se quedó abierta hasta que la última brasa se apagó. Inés durmió del tirón. A la mañana siguiente, Ileana les puso un tarro de dulce de ciruela para el camino y, medio en broma, le dijo a Lucía por el traductor: «Mi hijo siempre tiene razón con la estufa. Que no se entere».
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